domingo, 31 de diciembre de 2017

Fotopost: El 2017 en imágenes

No puedo cerrar este año sin hacer mi clásico recuento del año basado en las fotos que tomé o tomaron a lo largo de esta aventura de 365 días, aunque sólo será de una parte.

Enero:

Este año iniciábamos así: a besos. :D

El gato Guantes se ganó mi corazón aún más durante este año, tengo muchas fotos de él y de Aloari.
Los amo. 

Esa foto es de la noche en que Alonso me propuso vivir juntos.
¿Se puede considerar como la primera foto familiar? 
Febrero:

El mes de cambios muy cabrones. Tuve todo el mes para empacar, tirar basura, sacar recuerdos, llorar con mi mamá y estar toda sentimentalosa porque ya iba a dejar el nido (#LugarComún).

Celebrando el cumpleaños de Elisita, quien sigue presente en mi vida y es una de las mujeres que más quiero y valoro tener en esta vida loca.

Marzo:

jueves, 23 de noviembre de 2017

Díganme mamona, pero...

Durante muchos, muchos años (si no es que siempre) yo he buscado a mis amigos, a esas personas que me importan, ésas que tras meses y meses sin una llamada, un mensaje, un meme o un "algo" por cualquier medio, yo los busqué para saber cómo estaban. Yo era de ésas que rogaban para verlos, los cazaba por si estaban en el DF (para mí sigue siendo el DF, se jode Mancera) o si estaban cerca de la casa o si tenían algún tiempo libre y pues luego me dejan en visto.


Me dicen "sí, hay que vernos", pero no me dicen cuándo. Me prometen cual Peña Nieto y no veo nada claro.

Y pues como ya me cansé de sus largas durante años, no de uno, no de dos, no de tres, sino de un buen de amigos pos mejor ya ni les pido un espacio de su tiempo porque nomás me batean.

Una como quiera, ¿pero y los niños?

Ya me voy, estoy bien dramática.

domingo, 19 de noviembre de 2017

¡Bienvenidos sean esos 28!

Cumplí años el lunes pasado, o sea el 13 de noviembre, fueron los 28. Me fui al mar con el novio a pasar allá mi año nuevo, ¡estuvo bien padre! Mientras estaba allá pensé en que hace 3 años escribí esto y esto donde dije que ya daba el viejazo y estaba cerquitititas de los 30 y me reí (mentalmente, cabe aclarar) porque ahora sí estoy más cerca del "tercer piso" (#LugarComún), más cerca de ser oficialmente una chavorruca en potencia, sin embargo no me siento así, o sea no me estoy azotando por ello.

Lo cierto es que estoy pensando más cosas de adulto, tipo mi declaración del SAT o en el futuro, el establecimiento, cosas a largo plazo, el negocio, el ahorro, la afore, la vida con el novio, las cuentas que no se pagan solas, mi deuda (que pinches crece) con el banco, no quemarme de más para que no me salgan (más) pecas en los hombros, evitar las manchas por el sol, intentar comer más sano (aunque me gana comer los taquitos del mercado y tomar coca), intentar (sin mucho éxito) hacer ejercicio y ya no subir de peso y cosas del estilo. No me preocupa hacerme vieja, o sea no me apura llegar a los 30... quizá lo que me apura un poco es llegar a esa edad y no me sentirme bien ni plena con lo que hago laboralmente.

Por otro lado, celebrar los 28 en el mar, tener un amanecer precioso y dormir arrullada por el sonido del agua durante una semana fue maravilloso. Dejé ir varias cosas, las dejé en el mar. Pensé en otras que voy definiendo y abracé la vida, mi vida, con amor, esperanza y fe. Me debo tener más fe, me dije. Debo confiar más en mí.

Pensé que no me vería mal usando un bikini, que sí me quiero pasear por una playa nudista (me quedé con las ganas), que si viajo no tengo por qué limitarme al probar la comida, aunque sea exótica; que las crudas y desveladas ya no son las mismas que a las 21, pero que ya no soy esa chica sin fe para sí misma, o aquella reventada, desorientada y tristona que era a mis 23 ni esa chica sin esperanza para los demás a sus 25.

Soy otra, pero soy la misma, supongo que de eso se trata cumplir años, de evolucionar como Pokemón, de guardar todo lo bueno en los cimientos e ir moldeando esta casa que cambia con los años para bien (o para mal, según sea el caso).

¡Felices 28 rodeados de gente hermosa que me quiere!

PD: No puedo no ser feliz cuando estoy tan rodeada de amor y cariño, eso es, sin lugar a dudas, un GRAN regalo. Soy muy afortunada por tenerlos a mi lado.


domingo, 12 de noviembre de 2017

Ahí nos vemos, mijos

Me les voy. Adiós, no me extrañen.
Me les voy a celebrar mis 28 años sufriendo horriblemente en la playa, rodeada del sonido de las olas, bebiendo una cerveza en mi balcón con vista al mar y comiendo mariscos.

Estoy contenta, demasiado. Este es el mejor regalo de cumpleaños.

¿Cuándo es mi cumple? Mañana. Feliciten a esta muchachita caótica.

Los quiero, chao.

jueves, 2 de noviembre de 2017

¿Por qué tengo tan abandonado el blog?

Un par de personas me preguntaron el porqué no he escrito tan seguido en el blog, así que aquí va la respuesta.

Han sido meses complicados, entre el desgaste físico y emocional de tener problemas laborales, tareas de la casa y emprender mi negocio de pan y galletas he tenido muy poco tiempo para escribir, leer y organizar un par de cosas más que tengo en la cabeza, pero ya va quedando todo, poco a poco y sin mucho esfuerzo.

Han sido meses complicados, todo se empieza a acomodar, tengan paciencia, estaré más presente en este espacio, mi espacio y también suyo porque para eso escribo... para compartir un pedacito de mi vida y hacerlos reír, llorar o identificarse (o que sientan pena ajena jajaja).

Prometo escribir más. Ya viene mi cumpleaños y eso me llena de mucha emoción (como todos los años).

Mientras les dejo una foto de mis gatos chulos:

sábado, 21 de octubre de 2017

13:14, el minuto que me cambió todo

Ha pasado más de un mes desde que esta Ciudad ha dejado de parecerme segura. Un mes en el que he tratado de asimilar todo lo que pasé, viví, sentí, vi y lloré. Un mes y aún no me acostumbro a ver esta Ciudad dolida y con cambios.

El lunes antes del terremoto hablé con Rafael para entregarle un libro de lingüística (al que ya no le daba uso ni lectura ni nada), acordamos vernos en los torniquetes de metro Eje Central a la 1. Le avisé a Dianela que nos veríamos ahí para que, luego de ver a Rafa, nos fuéramos a mi casa a comer, platicar y para que conociera mi "nidito de amor".

Ese martes, como cada semana voy a mi terapia, me tocó el simulacro a las 11 en punto, estaba en Avenida Revolución, pocas oficinas salieron completas, pocos estaban bien organizados, pocos se lo tomaban en serio. El taxista me comentó: "mire... se lo toman a juego, no temblara de verdad porque estarían llorando. Usted es muy joven, pero en el 85 todo fue fatal... para todos". Seguimos platicando sobre eso. Llegué con la psicóloga y comentamos el tema, le comenté que me molesta demasiado que en los simulacros se rían y no actúen de forma eficaz y rápida.

Salí a las 12:20, me fui a Zapata para ver a Rafa y Dianela. Llegué 10 minutos antes de la hora, ella ya estaba ahí, nos saludamos con un abrazo. Platicábamos esperando que él apareciera... 1:05 y nada. Ella decidió ir al baño. Regresó. Minutos después el piso se cimbró, como si pasara un camión muy pesado, nos preguntamos qué estaba pasando.

En segundos el piso se hizo chicle. Los policías, desconcertados, acordaron que era un temblor. Gritaron que debíamos salir. Cuando eso pasó, miré a la policía, la vi directa a los ojos y vi un pánico tremendo, aún recuerdo su rostro y su mirada perdida, extraviada, hundida... me contagió esa sensación. Me desorienté. Dianela corrió a las escaleras. Salí por los torniquetes, todo se movía sin césar, vi sólo la espalda de ella corriendo sin detenerse, sólo le grité "¡Dianela!" y corrí. Mi meta era alcanzarla porque iba muy adelantada.

Cuando iba en el tercer escalón (tal vez en el cuarto) se apagaron las luces, cosas de la estación se cayeron, la estructura crujía. Mi miedo más profundo se había hecho presente: la oscuridad. Eché un vistazo hacia atrás y me aterré, tenía ganas de hacerme bolita y quedarme ahí (algo que hago cuando se va la luz en casa), pero algo me impulsó a salir, mi cabeza me decía "si no sales ahora, te vas a morir, ¡te vas a morir, correee!". Mantuve mi mirada fija en la luz, la salida de la estación, subía las escaleras y escuchaba crujir todo, pensé que algo se me caería. "Corre o te vas a morir aquí". Escalón tras escalón mi mente me repetía "sube más rápido o te vas a morir". Sí, sentí que me iba a morir, tal vez porque se conjuntaron muchos de mis miedos. Cuando terminé de subir, abracé a Dianela, estaba exhausta a punto de llorar, me calmó. Quería saber de Alonso, de mi mamá. No había señal. Creo que dije: "me preocupa mi casa, los gatos, ¡debo saber de Alonso! Me conecté a Whatsapp, tenía un mensaje de él, al menos sabía que estaba bien, hablamos por ahí, ambos estábamos preocupados.

¿Cómo vamos a tu casa? No quiero irme en metro, no así, me dijo Dianela. Podemos caminar a Gabriel Mancera y de ahí tomar un camión que nos llevé a Galerías, cerca trabaja Alonso, nos vamos todos juntos, le respondí.

Mientras caminábamos, nos dimos cuenta que nadie regresaba a sus casas. En minutos las calles se saturaron. Vimos crisis nerviosas, gente desmayada, niños comiendo bolillos (...con coca), después vimos pedazos de fachadas en las banquetas, un edificio tenía fuga de agua porque se rompió la tubería. Pude comunicarme con mi mamá una hora después: le agarró durante su clase de natación, en la alberca, estaba alterada, pero bien. Dianela estaba preocupada por su tía y su hermano, nos pudimos comunicar muy intermitentemente con ellos. En la Del Valle habían fachadas quebradas, pedazos de yeso, tabique y ventanas en el piso. Un restaurante tenía la tele encendida, ahí nos dimos cuenta de la magnitud de lo que había pasado. Dijeron que se habían caído varios edificios en la Roma y Condesa, aún no sabían de muertos ni de heridos.

Pusimos su radio, así nos enteramos de todo lo demás que pasaba. Me preocupaba mi casa, mis gatos. ¿Aún tenía casa? ¿Estarían bien los gatos? Y yo estaba tan lejos de casa... sobre Gabriel Mancera, antes de llegar a Félix Cuevas, una taxista ofrecía aventón, le dijimos que aceptábamos. La chica que iba en el asiento del copiloto soltó lagrimita porque ya quería estar con su bebé, "mira, mi casa no me importa, pero mi hijo... dios sólo quiero verlo aunque sé que está bien y con mi mamá". Se nos subieron 3 o 4 personas en el trayecto hasta llegar a Viaducto. Ahí vimos en el edificio derrumbado con el espectacular intacto. Se me salió la lágrima, la taxista se puso a llorar, todas estábamos en shock. Le dije a Dianela que tal vez podría llegar caminando hasta mi casa (por Tacuba), que debía llegar a ver a mi familia, abrazarlos, me convenció de ir a su casa, nos fuimos caminando hasta Eje Central y Eje 5, la ciudad estaba colapsada. Olía a gas. Había polvo, olía a polvo.

En su casa tomamos agua. Nos abrazamos, revisó su casa: todo bien. Fuimos a ver a Rafa y Karina a unas cuadras de su casa, nos contaron cómo la pasaron. Rafa dijo que se le había olvidado. Le agradecimos su olvido porque si nos hubiera tocado dentro el trauma sería distinto. Le entregué el libro. Comí un sándwich. Hablé con Alonso, me dijo que cómo regresaría, pensaba irme por Eje Central hasta Bellas Artes y de ahí tomar un camión hacía Toreo, pero me dijo que estaban asaltando a todos en el Eje. Tuve que repensar la ruta.

Todo estaba alterado. Tomé el camión hacia San Antonio, pero nos bajó en Cuauhtémoc, "no hay paso, hasta aquí llegó". Un chavo le preguntó por qué, pero el chofer estaba harto y le pidió que se bajara. Lo alcancé y le pregunté que para dónde iba: "al trabajo en Insurgentes, en el casino", pues vámonos. Nos fuimos juntos. Desconocía el derrumbe en Gabriel Mancera y Eje 5, ver los escombros de un lugar por el que transité todos los días en el último año me dio una sensación extraña. La agencia donde trabajaba está a una cuadra. Se me enchinó la piel. Pude definirla como la sensación de muerte, se sentía la muerte y el lugar por alguna razón se sentía frío. Mucha gente ayudando, mucha. A las 7:20 estaba en el WTC, esperaba mi camión rumbo a San Pedro de los Pinos y tosí polvo con mucosa. Me ardía el pecho y la nariz. Me costaba respirar y reconocía esa sensación: se me cerraron los bronquios.

Alonso pasó por mí a San Joaquín. Estar con él me relajó y me puse a llorar, le hablé de la sensación de muerte que se me quedó pegada en la piel. Por fin comí bien. Ver a los gatos me dio un placer que no puedo describir. Creía escuchar la alerta sísmica en todo momento. Tuve pesadillas intensas dos días seguidos, no dormí bien, no tenía apetito y me sentía muy angustiada, tuve que hablar sobre esto con Bere y me ayudó relajarme. Lloré dos días y lo saqué. Honro el hecho de estar aquí, de estar con vida, de amar la vida; agradezco que mi familia esté bien.

El 20 era cumpleaños de Alonso, ni siquiera lo celebramos. Fuimos a empacar víveres a Popotla. La Ciudad de México dejó de ser segura, ese mi hogar donde no pasaba nada más que temblores sin daños, poco a poco dejaré de sentirme vulnerable y amenazada. Aún tengo miedo de que tiemble mientras duermo, de pronto sueño fragmentos de lo que viví ese día, a veces escucho la alerta en mi cabeza, pero la mayor parte trato de vivir feliz porque sigo aquí.

Crédito: Forbes

jueves, 10 de agosto de 2017

Ahora un post sobre el metro

El metro. Ese submundo donde todos cambiamos. Ese lugar donde la más emperifollada pierde el estilo y se agarra a catorrazos. Ese rinconcito donde el joven trajeado pierde la compostura y mienta madres, tuerce la cabecita y trata de intimidar. Esos trenes que albergan sudor, olores agradables y desagradables, gente limpiecita y bien arreglada e indigentes que también viajan ahí. Ese sitio donde el estrés se incrementa por la ruptura y agresión al espacio personal y vital, así como de los maravillosos bocineros y vendedores del metro. ¡Cómo olvidarnos de ellos!

Esas finísimas personas que si les haces mala cara te rompen la cara. Que dan espectáculos tan bonito y dignos de lucha libre en la Arena México, con un lenguaje florido y una educación rimbombante. (Ya quisiera esa educación pa' mis hijos *ajásíajá*).


Y es que vemos infinidad de cosas en el metro. Vivimos cosas gratas y otras insoportables. Pasamos del "tengo tiempo para llegar" al "ya se me hizo tarde" en dos estaciones. Observamos (o al menos yo sí porque soy una fisgona, chismosa y criticona de lo peor) cada personaje...



Tengo muchas experiencias, de todo tipo en el metro, y es que el tema me surgió porque un señor que se subió en Polanco estaba cerca de la puerta, ya una vez cerradas, apoyaba su mano para tener soporte, pero se volvían a abrir una y otra y otra y otra y otra vez, lo sorprendente es que en cada ocasión el señor se enojaba, sin embargo no dejaba de volver a poner la mano. Sinceramente, me dio mucha risa. Antes no solté la carcajada ahí mismo porque fue muy hilarante.

En un post del año pasado (clic aquí) escribía sobre una señora que era una mirruña, tal vez medía menos de 1.20, y como nadie la veía en el gentío del metro la empujaban bien cabrón, pero la señora aguantaba y se ponía bien recia. También fue gracioso.

Una experiencia profundamente asquerosa es que igual el año pasado un tipo venía jugando con una flema o gargajo (sí, ya sé AAAAASCO MIL) y después con un plastiquito como el de las velitas de gelatina (si ustedes es muy millenial clic aquí) y se lo estaba metiendo al oído. Casi vomito ahí mismo. Ay, pero pos ¿pa' qué lo ves?, dirán. Estaba enfrente de mí. Al menos, no fui la única que sintió un asco repulsivo, los que estábamos a su alrededor nos aguantamos las arcadas y el asco. Lo bueno: bajé en la estación siguiente. Ya no tuve que presenciar su show escatológico extremo. (De acordarme se me revolvió el estómago *va a vomitar*).

¿O qué tal aquellos y aquellas que les huele la boquita a féretro? Guacala. ¿O aquellas mujeres que se vacían toooooodo el perfume con aroma dulzón, de ése que marea bien cañón? O como aquel día que una chica subió con dos cascos de moto y en el impulso por entrar se me dejó ir como gorda en tobogán directo al vientre (mi quiste, en ese momento, y endometriosis no te lo agradecieron). O los días lidiando porque ningún macho-vivillo-rabo verde se pase de pendejo y me quiera agarrar los jamones.

Ah, el metro... *suspira* qué sería de nosotros sin el metro y su deficiente actividad. Seguro seríamos más felices y puntuales. Pero ya no habría shows de magia o música o lectura dramatizada o el cuentacuentos que parece personaje de El señor de los anillos o de historias de amistad surgidas en el metro o miradas coquetas o no habrían posts como éste porque no habría algo interesante qué contar.

¿Qué historias tienen del metro? Cuéntenlas, no sean tímidos.