domingo, 12 de noviembre de 2017

Ahí nos vemos, mijos

Me les voy. Adiós, no me extrañen.
Me les voy a celebrar mis 28 años sufriendo horriblemente en la playa, rodeada del sonido de las olas, bebiendo una cerveza en mi balcón con vista al mar y comiendo mariscos.

Estoy contenta, demasiado. Este es el mejor regalo de cumpleaños.

¿Cuándo es mi cumple? Mañana. Feliciten a esta muchachita caótica.

Los quiero, chao.

jueves, 2 de noviembre de 2017

¿Por qué tengo tan abandonado el blog?

Un par de personas me preguntaron el porqué no he escrito tan seguido en el blog, así que aquí va la respuesta.

Han sido meses complicados, entre el desgaste físico y emocional de tener problemas laborales, tareas de la casa y emprender mi negocio de pan y galletas he tenido muy poco tiempo para escribir, leer y organizar un par de cosas más que tengo en la cabeza, pero ya va quedando todo, poco a poco y sin mucho esfuerzo.

Han sido meses complicados, todo se empieza a acomodar, tengan paciencia, estaré más presente en este espacio, mi espacio y también suyo porque para eso escribo... para compartir un pedacito de mi vida y hacerlos reír, llorar o identificarse (o que sientan pena ajena jajaja).

Prometo escribir más. Ya viene mi cumpleaños y eso me llena de mucha emoción (como todos los años).

Mientras les dejo una foto de mis gatos chulos:

sábado, 21 de octubre de 2017

13:14, el minuto que me cambió todo

Ha pasado más de un mes desde que esta Ciudad ha dejado de parecerme segura. Un mes en el que he tratado de asimilar todo lo que pasé, viví, sentí, vi y lloré. Un mes y aún no me acostumbro a ver esta Ciudad dolida y con cambios.

El lunes antes del terremoto hablé con Rafael para entregarle un libro de lingüística (al que ya no le daba uso ni lectura ni nada), acordamos vernos en los torniquetes de metro Eje Central a la 1. Le avisé a Dianela que nos veríamos ahí para que, luego de ver a Rafa, nos fuéramos a mi casa a comer, platicar y para que conociera mi "nidito de amor".

Ese martes, como cada semana voy a mi terapia, me tocó el simulacro a las 11 en punto, estaba en Avenida Revolución, pocas oficinas salieron completas, pocos estaban bien organizados, pocos se lo tomaban en serio. El taxista me comentó: "mire... se lo toman a juego, no temblara de verdad porque estarían llorando. Usted es muy joven, pero en el 85 todo fue fatal... para todos". Seguimos platicando sobre eso. Llegué con la psicóloga y comentamos el tema, le comenté que me molesta demasiado que en los simulacros se rían y no actúen de forma eficaz y rápida.

Salí a las 12:20, me fui a Zapata para ver a Rafa y Dianela. Llegué 10 minutos antes de la hora, ella ya estaba ahí, nos saludamos con un abrazo. Platicábamos esperando que él apareciera... 1:05 y nada. Ella decidió ir al baño. Regresó. Minutos después el piso se cimbró, como si pasara un camión muy pesado, nos preguntamos qué estaba pasando.

En segundos el piso se hizo chicle. Los policías, desconcertados, acordaron que era un temblor. Gritaron que debíamos salir. Cuando eso pasó, miré a la policía, la vi directa a los ojos y vi un pánico tremendo, aún recuerdo su rostro y su mirada perdida, extraviada, hundida... me contagió esa sensación. Me desorienté. Dianela corrió a las escaleras. Salí por los torniquetes, todo se movía sin césar, vi sólo la espalda de ella corriendo sin detenerse, sólo le grité "¡Dianela!" y corrí. Mi meta era alcanzarla porque iba muy adelantada.

Cuando iba en el tercer escalón (tal vez en el cuarto) se apagaron las luces, cosas de la estación se cayeron, la estructura crujía. Mi miedo más profundo se había hecho presente: la oscuridad. Eché un vistazo hacia atrás y me aterré, tenía ganas de hacerme bolita y quedarme ahí (algo que hago cuando se va la luz en casa), pero algo me impulsó a salir, mi cabeza me decía "si no sales ahora, te vas a morir, ¡te vas a morir, correee!". Mantuve mi mirada fija en la luz, la salida de la estación, subía las escaleras y escuchaba crujir todo, pensé que algo se me caería. "Corre o te vas a morir aquí". Escalón tras escalón mi mente me repetía "sube más rápido o te vas a morir". Sí, sentí que me iba a morir, tal vez porque se conjuntaron muchos de mis miedos. Cuando terminé de subir, abracé a Dianela, estaba exhausta a punto de llorar, me calmó. Quería saber de Alonso, de mi mamá. No había señal. Creo que dije: "me preocupa mi casa, los gatos, ¡debo saber de Alonso! Me conecté a Whatsapp, tenía un mensaje de él, al menos sabía que estaba bien, hablamos por ahí, ambos estábamos preocupados.

¿Cómo vamos a tu casa? No quiero irme en metro, no así, me dijo Dianela. Podemos caminar a Gabriel Mancera y de ahí tomar un camión que nos llevé a Galerías, cerca trabaja Alonso, nos vamos todos juntos, le respondí.

Mientras caminábamos, nos dimos cuenta que nadie regresaba a sus casas. En minutos las calles se saturaron. Vimos crisis nerviosas, gente desmayada, niños comiendo bolillos (...con coca), después vimos pedazos de fachadas en las banquetas, un edificio tenía fuga de agua porque se rompió la tubería. Pude comunicarme con mi mamá una hora después: le agarró durante su clase de natación, en la alberca, estaba alterada, pero bien. Dianela estaba preocupada por su tía y su hermano, nos pudimos comunicar muy intermitentemente con ellos. En la Del Valle habían fachadas quebradas, pedazos de yeso, tabique y ventanas en el piso. Un restaurante tenía la tele encendida, ahí nos dimos cuenta de la magnitud de lo que había pasado. Dijeron que se habían caído varios edificios en la Roma y Condesa, aún no sabían de muertos ni de heridos.

Pusimos su radio, así nos enteramos de todo lo demás que pasaba. Me preocupaba mi casa, mis gatos. ¿Aún tenía casa? ¿Estarían bien los gatos? Y yo estaba tan lejos de casa... sobre Gabriel Mancera, antes de llegar a Félix Cuevas, una taxista ofrecía aventón, le dijimos que aceptábamos. La chica que iba en el asiento del copiloto soltó lagrimita porque ya quería estar con su bebé, "mira, mi casa no me importa, pero mi hijo... dios sólo quiero verlo aunque sé que está bien y con mi mamá". Se nos subieron 3 o 4 personas en el trayecto hasta llegar a Viaducto. Ahí vimos en el edificio derrumbado con el espectacular intacto. Se me salió la lágrima, la taxista se puso a llorar, todas estábamos en shock. Le dije a Dianela que tal vez podría llegar caminando hasta mi casa (por Tacuba), que debía llegar a ver a mi familia, abrazarlos, me convenció de ir a su casa, nos fuimos caminando hasta Eje Central y Eje 5, la ciudad estaba colapsada. Olía a gas. Había polvo, olía a polvo.

En su casa tomamos agua. Nos abrazamos, revisó su casa: todo bien. Fuimos a ver a Rafa y Karina a unas cuadras de su casa, nos contaron cómo la pasaron. Rafa dijo que se le había olvidado. Le agradecimos su olvido porque si nos hubiera tocado dentro el trauma sería distinto. Le entregué el libro. Comí un sándwich. Hablé con Alonso, me dijo que cómo regresaría, pensaba irme por Eje Central hasta Bellas Artes y de ahí tomar un camión hacía Toreo, pero me dijo que estaban asaltando a todos en el Eje. Tuve que repensar la ruta.

Todo estaba alterado. Tomé el camión hacia San Antonio, pero nos bajó en Cuauhtémoc, "no hay paso, hasta aquí llegó". Un chavo le preguntó por qué, pero el chofer estaba harto y le pidió que se bajara. Lo alcancé y le pregunté que para dónde iba: "al trabajo en Insurgentes, en el casino", pues vámonos. Nos fuimos juntos. Desconocía el derrumbe en Gabriel Mancera y Eje 5, ver los escombros de un lugar por el que transité todos los días en el último año me dio una sensación extraña. La agencia donde trabajaba está a una cuadra. Se me enchinó la piel. Pude definirla como la sensación de muerte, se sentía la muerte y el lugar por alguna razón se sentía frío. Mucha gente ayudando, mucha. A las 7:20 estaba en el WTC, esperaba mi camión rumbo a San Pedro de los Pinos y tosí polvo con mucosa. Me ardía el pecho y la nariz. Me costaba respirar y reconocía esa sensación: se me cerraron los bronquios.

Alonso pasó por mí a San Joaquín. Estar con él me relajó y me puse a llorar, le hablé de la sensación de muerte que se me quedó pegada en la piel. Por fin comí bien. Ver a los gatos me dio un placer que no puedo describir. Creía escuchar la alerta sísmica en todo momento. Tuve pesadillas intensas dos días seguidos, no dormí bien, no tenía apetito y me sentía muy angustiada, tuve que hablar sobre esto con Bere y me ayudó relajarme. Lloré dos días y lo saqué. Honro el hecho de estar aquí, de estar con vida, de amar la vida; agradezco que mi familia esté bien.

El 20 era cumpleaños de Alonso, ni siquiera lo celebramos. Fuimos a empacar víveres a Popotla. La Ciudad de México dejó de ser segura, ese mi hogar donde no pasaba nada más que temblores sin daños, poco a poco dejaré de sentirme vulnerable y amenazada. Aún tengo miedo de que tiemble mientras duermo, de pronto sueño fragmentos de lo que viví ese día, a veces escucho la alerta en mi cabeza, pero la mayor parte trato de vivir feliz porque sigo aquí.

Crédito: Forbes

jueves, 10 de agosto de 2017

Ahora un post sobre el metro

El metro. Ese submundo donde todos cambiamos. Ese lugar donde la más emperifollada pierde el estilo y se agarra a catorrazos. Ese rinconcito donde el joven trajeado pierde la compostura y mienta madres, tuerce la cabecita y trata de intimidar. Esos trenes que albergan sudor, olores agradables y desagradables, gente limpiecita y bien arreglada e indigentes que también viajan ahí. Ese sitio donde el estrés se incrementa por la ruptura y agresión al espacio personal y vital, así como de los maravillosos bocineros y vendedores del metro. ¡Cómo olvidarnos de ellos!

Esas finísimas personas que si les haces mala cara te rompen la cara. Que dan espectáculos tan bonito y dignos de lucha libre en la Arena México, con un lenguaje florido y una educación rimbombante. (Ya quisiera esa educación pa' mis hijos *ajásíajá*).


Y es que vemos infinidad de cosas en el metro. Vivimos cosas gratas y otras insoportables. Pasamos del "tengo tiempo para llegar" al "ya se me hizo tarde" en dos estaciones. Observamos (o al menos yo sí porque soy una fisgona, chismosa y criticona de lo peor) cada personaje...



Tengo muchas experiencias, de todo tipo en el metro, y es que el tema me surgió porque un señor que se subió en Polanco estaba cerca de la puerta, ya una vez cerradas, apoyaba su mano para tener soporte, pero se volvían a abrir una y otra y otra y otra y otra vez, lo sorprendente es que en cada ocasión el señor se enojaba, sin embargo no dejaba de volver a poner la mano. Sinceramente, me dio mucha risa. Antes no solté la carcajada ahí mismo porque fue muy hilarante.

En un post del año pasado (clic aquí) escribía sobre una señora que era una mirruña, tal vez medía menos de 1.20, y como nadie la veía en el gentío del metro la empujaban bien cabrón, pero la señora aguantaba y se ponía bien recia. También fue gracioso.

Una experiencia profundamente asquerosa es que igual el año pasado un tipo venía jugando con una flema o gargajo (sí, ya sé AAAAASCO MIL) y después con un plastiquito como el de las velitas de gelatina (si ustedes es muy millenial clic aquí) y se lo estaba metiendo al oído. Casi vomito ahí mismo. Ay, pero pos ¿pa' qué lo ves?, dirán. Estaba enfrente de mí. Al menos, no fui la única que sintió un asco repulsivo, los que estábamos a su alrededor nos aguantamos las arcadas y el asco. Lo bueno: bajé en la estación siguiente. Ya no tuve que presenciar su show escatológico extremo. (De acordarme se me revolvió el estómago *va a vomitar*).

¿O qué tal aquellos y aquellas que les huele la boquita a féretro? Guacala. ¿O aquellas mujeres que se vacían toooooodo el perfume con aroma dulzón, de ése que marea bien cañón? O como aquel día que una chica subió con dos cascos de moto y en el impulso por entrar se me dejó ir como gorda en tobogán directo al vientre (mi quiste, en ese momento, y endometriosis no te lo agradecieron). O los días lidiando porque ningún macho-vivillo-rabo verde se pase de pendejo y me quiera agarrar los jamones.

Ah, el metro... *suspira* qué sería de nosotros sin el metro y su deficiente actividad. Seguro seríamos más felices y puntuales. Pero ya no habría shows de magia o música o lectura dramatizada o el cuentacuentos que parece personaje de El señor de los anillos o de historias de amistad surgidas en el metro o miradas coquetas o no habrían posts como éste porque no habría algo interesante qué contar.

¿Qué historias tienen del metro? Cuéntenlas, no sean tímidos.

jueves, 3 de agosto de 2017

Construcción de una misma...

¿Y qué hacer cuando te has transformado a ti misma y luego te das cuenta de que te has formado con los elementos equivocados?
Lo rompes todo y vuelves a empezar. Eso es lo que haces en tus años adolescentes: construir, destruir y volver a construir, una vez y otra, continuamente, como en una película a cámara rápida de ciudades que pasan alternadamente por periodos de boom económico y guerras. Ser intrépida e inagotable en tus reinvenciones; no pasar de los 19, fundirte y volver a empezar, otra vez. Inventar, inventar, inventar.

Yo a los 16 años cuando esa playera no me la quitaba ni para dormir xD 
Cuando tienes 14 años no te explican esto, porque las personas que deberían explicártelo (tus padres) son, precisamente, las que crearon eso con lo que tú estás tan insatisfecha. Te crearon tal como ellos te querían. Tal como te necesitaban. Te construyeron con todo lo que ellos sabían, y con amor, y por eso no pueden ver eso que tú no eres: todas las lagunas que tú sientes que te hacen vulnerable. Todas las nuevas posibilidades imaginadas sólo por tu generación, e inexistentes para la suya. Ellos lo hicieron lo mejor que supieron, con la tecnología de que disponían en ese momento; pero ahora te toca a ti, pequeño y valiente futuro, hacerlo lo mejor que puedas con lo que tienes. Ya se lo aconsejaba Rabindranath Tagore a los padres: "No limites a tu hijo a tus conocimientos, porque él ha nacido en otro tiempo."
Así que sales a tu mundo y buscas las cosas que te serán útiles a ti. Tus armas. Tus herramientas. Tus encantos. Encuentras un disco, o un poema, o una foto de una chica que cuelgas en la pared, y dices: "Ella. Intentaré ser ella. Intentaré ser ella, pero aquí."Observas cómo andan los demás y cómo hablan, y les robas trocitos; haces un collage con todo lo que pillas. Eres como el robot Johnny 5 de Cortocircuito, cuando grita: "¡Más input! Más input para Johnny 5.", mientras buscas en las páginas de los libros, y ves películas, y te sientas delante del televisor tratando de adivinar qué cosas, de entre todo lo que estás viendo (...) vas a necesitas cuando estés ahí fuera. ¿Qué te será útil? ¿Qué será, en definitiva, ?
Y cuando tengas que hacer todo eso, estarás muy sola. No existe ninguna academia donde te enseñen a ser tú misma; no hay un gerente de línea que te vaya llevando, despacio, hasta la respuesta correcta. Eres tu propia comadrona, y parirás sola, una y otra vez, en habitaciones obscuras, sola.
Y algunas versiones de ti misma acabarán en fracaso; muchos prototipos ni siquiera saldrán por la puerta de tu casa, porque de repente te das cuenta de que no, no puedes salir a la calle con un body dorado pasando mucho de tu problema de sobrepeso, al menos en Wolverhampton. Otros conseguirán un éxito pasajero: alcanzarán nuevos récords de velocidad en tierra, y te parecerán increíbles, y de pronto explotarán, inesperadamente, como el Bluebird de Donald Campbell en Coniston Water.
Pero algún día encontrarás una versión de ti misma que te hará que te besen, o que te granjeará amistades, o que te inspirará, y tú tomarás buena nota: te quedarás toda la noche, afinando, y luego improvisarás a partir de un breve fragmento de melodía que funcionó.
Hasta que, poco a poco, construyes una versión viable de ti misma, una que puedes tararear todos los días. Encuentras el diminuto granito de arena alrededor del cual puedes formar la perla, hasta que interviene la naturaleza, y tu concha va llenándose de magia, aunque entre tanto tú estés ocupada haciendo otras cosas. Tú empezaste a cultivarla, y la naturaleza tomará el relevo y acabará el trabajo, hasta que dejes de pensar en lo que serás, porque ya estarás demasiado ocupada haciéndolo. Y pasarán 10 años sin que te des ni cuenta.
Y más adelante, con un copa de vino en la mano (porque ahora bebes vino, porque ya eres mayor), te impresionará lo que has logrado. Te maravillará que, en aquellos días, guardaras tantos secretos. Que intentaras no revelar tu yo secreto. Que intentaras metamorfosearte en la obscuridad. Te maravillará ese yo secreto que eres ahora: escandaloso, borracho, promiscuo, con exceso de delineador de ojos, risueño, insoportable, que sufre pánico y se autolesiona. Cuando, en realidad, eres tan secreta como la luna. Y tan luminosa, bajo toda aquella ropa.

[MORAN, Caitlin; Cómo se hace una chica, Capítulo 24, pág. 369-371]

jueves, 29 de junio de 2017

Vivir con endometriosis y dolor (mucho dolor)

Hace poco más de un año, publiqué que tengo endometriosis (clic aquí), la cual es una enfermedad "silenciosa" (y lo pongo entre comillas, ahorita explico por qué), desconocida, ya que aún no se sabe qué es lo que la detona aunque se tienen diversas teorías, como la menstruación retrógrada, problemas hormonales, alimentación o predisposición genética, pero la ciencia no lo determina y por obvias razones no hay un tratamiento ni sabemos si se puede prevenir.

No es "silenciosa" porque el dolor hace que la notemos, pero la normalizamos porque nos enseñaron que sí, efectivamente, debía doler. Sin embargo, esta enfermedad no es fácilmente detectable, y una vez detectada se puede frenar su avance. 



La tengo y creo que siempre la tuve sólo que en menor medida. El dolor con los años ha aumentado, cada vez mi cuerpo sufría más y más dolor. Cuando creí que ese era el dolor más fuerte que mi cuerpo podría soportar, no... al poco tiempo, me hacía superar el umbral de dolor e incrementarlo. 

En los últimos tres años, mi vida se ha visto afectada por esta enfermedad o condición que afortunadamente (y dentro de lo que cabe) no ha afectado áreas que seguro harían menos soportable el vivir con dolor, por ejemplo: hay mujeres que viven con dolor todo el mes, dolor intenso, de ese que paraliza y te hace sudar; otras sufren sangrados intensos de 7 a 10 días, lo que muchas veces les produce anemia. 

Pero en mi caso sólo ha sido dolor. 

El dolor. 

Vaya, esto tomó una nueva visión, perspectiva y definición para mí. 

Como dije antes, el dolor ha aumentado con el paso de los años, pasé de cólicos "normales" (ningún cólico es normal), esos que con un naproxen o paracetamol se quitaban, ésos que sólo sufría los dos primeros días; luego vinieron los dolores de tres días, de una intensidad 5/10 y luego pasaron a seis... a siete... a diez. 

Vivir con dolor ha sido terrible. 125 días al año he vivido con dolor. ¡125 días! Eso es una tercera parte del año, en la cual he tenido que cancelar eventos con mis amigos, o irme más temprano de una fiesta porque me empecé a sentir mal. Días en que no quiero salir porque me deprimo y sólo quiero dormir. Días en que debo ir a trabajar cuando estoy excesivamente cansada, porque el dolor excesivo cansa. Días en que no puedo dormir bien porque me duele la espalda, las piernas, la cabeza, me da insomnio o tengo náuseas. Días en que tengo que poner la mejor cara y sonreír cuando perfectamente siento cómo se desprende mi endometrio, cual velcro, de mis paredes uterinas. ¿Se han quitado una cinta canela de los vellitos del brazo? Bueno, eso se siente, pero por dentro y más doloroso. 

Siento claramente cómo me inflamo, cómo se me infla todo y empiezo a sentirme incómoda. A veces sólo busco una posición "extraña" donde no me duela y lo que menos quiero es levantarme de la cama, de la silla, del sillón... no tengo cara para ver al mundo ni siquiera de verme a mí misma. 

Ni siquiera tengo ánimos para darme ánimos, a mí misma. Mí misma: hoy no estoy para ti. Ni para nadie. Me doy la espalda porque no puedo. No puedo, no quiero, no se me da la gana. No me da la vida. 



Cada que me da una punzada, tengo ganas de golpear algo: la pared, la mesa, un tabique... porque sería la única forma de sacar el coraje que me da no poder sentirme bien. A veces pienso que tal vez, y sólo tal vez, disfrazaría un dolor más intenso con otro aún peor; pero no. Sé que eso no cambiaría las cosas. 

Vivir con endometriosis es una maldita montaña rusa, donde no sabes si este será un mes mejor. Donde tal vez sólo tomes dos analgésicos al día y no tres o cuatro. Donde quizá sólo te duela al inicio y al final. Ojalá este mes no me duela, piensas. Pero vuelve a doler. 

Vivir con dolor, mucho dolor, es sudar y llorar en menos de un minuto. Es cancelar compromisos. Es darle la espalda al mundo. Es apretar tan fuerte un cojín o el asiento del auto que después te duelan los dedos. Es asustar al que vive contigo: tu madre, tus amigos, tu novio... Es tener náuseas, vómito, vértigo, mareos, presión baja o alta, es cansancio extremo, diarrea.

Vivir con dolor es decirle a las personas cercanas qué hacer en caso de que te sientas mal. Qué pastillas tomas, qué color son. Debes tener tu plan de emergencia. ¿Pero en la calle? Siempre queda esa duda de qué pasaría si te da un ataque así en la calle. Afortunadamente nunca me ha sucedido. 

Muchas personas creen que lo hago para llamar la atención, que estoy loca, que no perdono a mis ancestras, que debo hacerme una limpieza de útero, que estoy intoxicada por los desechables, que cambie de dieta, que tal vez todo es psicológico. Quizá se me quite cuando tenga hijos. La culpa es mía, ¿no? La gente me lo dice, me reprocha, me señala, como si no quisiera estar bien y dejar de cancelar mis compromisos por esto que es algo natural y que me pude reconciliar conmigo, luego de usar la copa. 

A veces, me siento taaaaan mal que les juro que no puedo darle una buena cara al mundo porque esos días con dolor entre ocho y diez, hace que todo lo construido se me derrumbe, frente a mis ojos, sin que pueda hacer nada. Eso ha sido para mí vivir con dolor.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Hoy hace dos años...

Antes de que acabe el día no puedo dejar de escribir esta entrada. Hoy hace dos años que salí por primera vez con Alonso, fuimos al cine, era domingo. Le pedí que viéramos Mad Max porque ya le traía unas ganas cabronas desde el viernes que se estrenó.

Recuerdo que estaba muy nerviosa porque tenía un año que no tenía ganas de salir con alguien, en serio. O sea por convicción, pues. Pero con él fluyó muy natural la salida. Recuerdo que él llevaba una playera roja y un pantalón azul que me gusta mucho. Me sorprendí al ver que iba taaaan casual, porque usualmente estaba acostumbrada a que en la primera cita ellos van arregladitos y perfumados. Él no. Él fue como se le pinches pegó la gana y por ello ganó puntos.


Me moría de miedo, en muchos sentidos.

Fue una excelente compañía en el cine, aguantó mis bromas susurrantes mientras la cinta corría. Y, por supuesto, me hizo un dramón porque le dije que me gustaba Tom Hardy y que a él sí le daría mi número (les pongo la imagen más abajo). Debo confesar que lo hice con toda la intención del mundo porque sí, efectivamente, Alonso no tenía mi número de celular, sólo nos hablamos por Facebook, pero... ¡pues él no me lo pidió!


Me robé los dulces del combo pareja (jojojojo, se lo dije hasta el miércoles).

Desde entonces, ha sido una gran compañía en el cine, en los viajes, en la casa viendo series, yendo de compras y una infinita paciencia al comprar zapatos o cuando me hago bolas yo solita.

Han sido dos años desde entonces, con buenas y malas cosas, con unos kilos de más pero sigo muy feliz con ese jovenazo que tanto me gusta. a quien amo con harto corazón y que ahora se ha convertido en mi compañero de vida.