miércoles, 27 de agosto de 2014

Carta posterior I



30 de mayo

Andrés.
Hola, ¿cómo estás? Espero te encuentres bien.
A veces extraño demasiado mandarte imágenes estúpidas por las mañanas o platicar contigo al llegar a casa, cada vez lo extraño menos, sin embargo ahí está. Cada día te extraño menos y nos libero más.

He evadido durante varios días mis sentimientos, pero ayer explotaron. Me había decidido a no escribirte, no buscarte, no llamarte y, por supuesto, no verte, eso hubiera hecho más complicado el proceso. También entiendo si no quieres responderme, sólo me dieron ganas de escribirte. Me ha dado vueltas por la cabeza cada cosa, cada palabra y cada hecho, y he llegado a la conclusión que debo admitir mis culpas, mis errores y mis fallas.

lunes, 25 de agosto de 2014

La voz de-pre-si-va de Carla Morrison

Ódienme, no me importa. Pero hoy descubrí eso de lo que medio mundo hablaba: la voz chillona y de me-tiro-al-drama de Carla Morrison. 

Y es que hoy estaba escuchando el disco Tributo a José José 2 y pum aparece la de Amor, amor y sentí un apretoncito en el estómago y decidí cambiarle (pos quién se cree la Morrison para arruinar mi felicidad acústica). 

¿Cómo me pudo gustar? Es que sí deprime esa vocecita y hasta puede hartar. Pero qué bonitas letras, cursis y melosas y para enamorados jarcor… tal vez sea eso: no estoy enamorada. 

Ay, Carlita te borraré de mi iPod hasta nuevo aviso, no te ofendas. O bueno sí, o no sé me da igual, ni me gustas tanto para ir a un concierto ja. 

Trauma arácnido

Hace rato estaba escribiéndome con Arafat y pues no sé ni por qué salió el tema de mis historias macabras de arañas y pues creo que la siguiente historia es la más traumática de toda la historia del mundo mundial.

Muchos saben, y si no saben les cuento, que soy una loca que pierde la cabeza (todavía más, aunque parezca imposible) cada que ve una pinche arañita aunque mi mamá diga que son de buena suerte esas chiquititititas, pos no, cuernos, yo nomás no las paso ni las pasaré (disculpen, no las tolero) debido a mi más grande trauma de la infancia, ahí les va desde lo más profundo (y traumático) de mi ronquísimo pecho cuervesco.

Yo tendría como seis años, era una escuincla sin tantos pedos mentales (qué tiempos aquellos, caray), y mi tío compró plátanos machos. Yo nomás veía que estaba uno palpite y palpite y palpite. Entonces fui con mi tío y le dije, no me creyó (pos si no estaba loca, chingaú). Le dije a mi abuelita y no me creyó.

jueves, 21 de agosto de 2014

Diario de un ex amor (Parte 5)


“Gracias por tanto y tanto, Yuriko”.
“Уважаемый, я всегда буду для вас. Я люблю тебя”.

No voy a mentir, aquella madrugada del 17 de mayo, después que él se fue, entré al cuarto y no pude soportar más el llanto. No me apena decirlo: sí, lloré. Lloré hasta que los ojos me quedaron hinchados. Lloré hasta quedarme dormida para despertar minutos más tarde sobresaltada, con un golpe de realidad, y volver a llorar. No comí. Tapé los espejos de mi cuarto, no soportaba verme.

Jamás lo dije, pero ese sábado me sentí fuera de mí. Si me pongo a recordar ese día, me parece más un sueño que algo que viví. Y siento, ahora, que quien vivió eso no fui yo, fue otra y supongo que no estoy tan equivocada.

Instrucciones para curar un corazón roto

Para curar un corazón roto se necesita de paciencia, tiempo y soledad. Un poco de poesía también ayuda. Aunque la mejor terapia es llorar. 

Pero llorar no es tan sencillo es un arte: primero se debe dejar fluir el sentimiento que nace del centro del cuerpo, le llamaremos estómago; posteriormente subirá y se convierte en un (famoso) nudo en la garganta. Éste se transformará, si se le permite, en un dolorcito y picazón en la nariz (que ocasionará un ligero sonrojo) y saldrá en forma de gota de agua salada o mejor conocida como lágrima. Los motivos para llorar como curación son diversas, llorar por todo lo ocurrido y por nada, por lo que no volverá a pasar. Días después la poesía, la lectura y un tabaco ayudan a amainar la locura y enterrar los sueños rotos. 

En este punto se deben escuchar canciones que alegren el corazón para secarle el llanto cantándole melodías sinceras y amistosas que permitan recordar lo maravilloso que es vivir una historia de amor y el placer de haberlo conocido.

Texto que escribí para el concurso "Instrucciones para..." de El Péndulo. 

miércoles, 20 de agosto de 2014

Las peores citas (reloaded)

Siguiendo con el mismo tema de ayer, es decir, las peores citas, unos amiguitos me contaron la suya y, vamos, la mía se queda cortísima.

La más gruesa es la siguiente:
El chico popular de la secundaria, después de no verlo por 5 años, que seguía hermoso, lo encontré en el mercado, mientras yo acompañaba a mi madre al mandado, quedamos en salir esa noche a beber (era un juebebes).
Yo andaba en carro (niña de papá), fui por él a su casa, fuimos por un par de cervezas a una cantina de señores (y no tengo nada en contra de esos lugares, me gustan), después de un par de cervezas me dice que no trae dinero para seguirla, decido no pagar yo y mejor llevarle a su casa a que rompa su alcancía.
Llegamos a su casa, era enero, hacía frío, entré a su casa, tenía una botella de vodka en el refri, bebimos, me comencé a sentir mal, no había bebido tanto (ahora sé que le puso algo a la bebida), le seguí a la recamara, me dejé hacer, a gusto y voluntad de él, lo que quiso.
Al día siguiente apenas podía caminar, no le he vuelto a ver desde entonces.

martes, 19 de agosto de 2014

La peor cita ever

¿No les ha pasado que tienen historias bien feas de las primeras citas? Algo así me puse a pensar hace unos días y dije: “achís, no jodas, sí tienes historias medio macabras de las primeras citas”, pero les voy a contar la que se lleva los pastelazos de esta velada *entran aplausos*.

Fue como hace 5 años, cuando era una bolita llena de muchísimas inseguridad, este chico siempre me gustó por su actitud obscura y valemadrista de la vida, ya saben, el clásico chico dark en contra de sus padres, el sistema y contra sí mismo (#Cliché, pero a mí me gustaba mucho), o sea era un wey súper resentido con todo mundo, sin embargo ahí me ven caminando derechito al acantilado.

Total que después de un tiempo en que decíamos que sí, que no, que nunca te decides (jajaja como una canción que recordé de El Símbolo, ese grupo noventero, ¡mi ancianidad!), al fin nos pusimos de acuerdo y dijimos: zas, nos vemos el miércoles.