sábado, 13 de abril de 2013
Poema: Táctica y estrategia-Mario Benedetti
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos.
Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.
Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos.
Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos.
Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple.
Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.
[Mi estrategia es que un día no sé cuándo te diga esto al oído. No que me necesites, quiero que me pienses y me quieras].
martes, 9 de abril de 2013
Diálogo V: Box y amor
-¿Cómo andas?
- Pues mejor que tú, sin la mano lastimada.
- Jajaja, pero me gusta ir a entrenar y no lo quiero dejar por nada. Es bien rico sentir dolor por ejercicio…
- Eso suena muy…
- ¿Masoquista? Sí. Prefiero el box al amor. Al menos con box el dolor se te pasa con un naproxen.
- Pues mejor que tú, sin la mano lastimada.
- Jajaja, pero me gusta ir a entrenar y no lo quiero dejar por nada. Es bien rico sentir dolor por ejercicio…
- Eso suena muy…
- ¿Masoquista? Sí. Prefiero el box al amor. Al menos con box el dolor se te pasa con un naproxen.
domingo, 7 de abril de 2013
Felicidad
"La teoría de ella, la gran teoría de su vida, la que la mantiene en vigor es que la felicidad, la verdadera felicidad, es un estado mucho menos angélico y hasta bastante menos agradable de lo que uno tiende siempre a soñar. Ella dice que la gente acaba por lo general sintiéndose desgraciada, nada más que por haber creído que la felicidad era una permanente sensación de indefinible bienestar, de gozoso éxtasis, de festival perpetuo. No, dice ella, la felicidad es bastante menos (o quizá bastante más, pero de todos modos otra cosa) y es seguro que muchos de esos presuntos desgraciados son en realidad felices, pero no se dan cuenta, no lo admiten, porque ellos creen que están muy lejos del máximo bienestar. Es algo semejante a lo que pasa con los desilusionados de la Gruta Azul. La que ellos imaginaron es un gruta de hadas, no sabían bien cómo era, pero sí que era una gruta de hadas, en cambio llegan allí y se encuentran con que todo el milagro consiste en que uno mete las manos en el agua y se las ve levemente azules y luminosas".
¿Por qué no aceptamos que somos felices con lo que tenemos? ¿Por qué siempre queremos más? ¿Quién nos dijo qué es la felicidad? Para mí, no son simples matemáticas ni un 10 ni tener auto ni una casa en las lomas; la felicidad es reír, es llorar, es enamorarte y también sufrir. ¿Por qué sufrir significa felicidad? Porque sentir significa estar vivo y eso es suficiente felicidad. No sé a ciencia cierta qué es, cómo se ve o a qué huele. Supongo que huele al aroma de la tierra mojada o el crujir de las hojas secas en otoño, el cantar de los pajaritos en primavera o el sonido de la primera gota de lluvia en junio, quizá huela a madera y cítricos como tu loción o frambuesas como tu shampoo; quizá sepa a los fideos de mamá o al pay de limón o al ponche en invierno. Tal vez, sea como rozar la piel desnuda del otro o caminar juntos tomados de la mano y en silencio o besar su boca con pasión y amor. La felicidad quizá sólo sea verme reflejada en tus ojos negros, profundos y ver mi expresión en tus pupilas, que me mires extrañado y reírme; eso... eso es felicidad para mí.
Mario Benedetti, La tregua.
¿Por qué no aceptamos que somos felices con lo que tenemos? ¿Por qué siempre queremos más? ¿Quién nos dijo qué es la felicidad? Para mí, no son simples matemáticas ni un 10 ni tener auto ni una casa en las lomas; la felicidad es reír, es llorar, es enamorarte y también sufrir. ¿Por qué sufrir significa felicidad? Porque sentir significa estar vivo y eso es suficiente felicidad. No sé a ciencia cierta qué es, cómo se ve o a qué huele. Supongo que huele al aroma de la tierra mojada o el crujir de las hojas secas en otoño, el cantar de los pajaritos en primavera o el sonido de la primera gota de lluvia en junio, quizá huela a madera y cítricos como tu loción o frambuesas como tu shampoo; quizá sepa a los fideos de mamá o al pay de limón o al ponche en invierno. Tal vez, sea como rozar la piel desnuda del otro o caminar juntos tomados de la mano y en silencio o besar su boca con pasión y amor. La felicidad quizá sólo sea verme reflejada en tus ojos negros, profundos y ver mi expresión en tus pupilas, que me mires extrañado y reírme; eso... eso es felicidad para mí.
domingo, 31 de marzo de 2013
viernes, 29 de marzo de 2013
Solitario
Imagíname: entró al pequeño establecimiento, luz tenue, cálida. Me siento en una de las mesas del fondo; todo lo demás está ocupado por parejitas (no todas amorosas) y yo... sola. Pido un granizado de mango y me dispongo a leer, disfruto esa tranquilidad.
De pronto, entrelíneas te encuentro: te visualizo, aparece tu rostro extraño, tu voz, tu risa burlona y estridente, tus dedos redondos y tus gestos. "¡Qué terrible!", pienso. Cierro unos instantes el libro y después mis ojos. Respiro y respiro... "Aquí tienes", me dice el mesero que trae una playera (muy chingona) de Merlina Adams; agradezco.
Bebo y leo. Leo y me acuerdo. Me acuerdo de ti mientras leo. Suena el celular y eres tú. Tú. Y miro la pantalla, la contemplo unos minutos; involuntariamente sonrío. Me doy cuenta de esto: me aterra; pero te contesto. Siempre te contestaría; pero estoy sola y lo disfruto tanto como tú. Sigo leyendo y sonrío a un hombre de la mesa de al lado. Pienso: no estás, no estamos y no me importa. Estoy sola y, de algún modo, me gusta...
De pronto, entrelíneas te encuentro: te visualizo, aparece tu rostro extraño, tu voz, tu risa burlona y estridente, tus dedos redondos y tus gestos. "¡Qué terrible!", pienso. Cierro unos instantes el libro y después mis ojos. Respiro y respiro... "Aquí tienes", me dice el mesero que trae una playera (muy chingona) de Merlina Adams; agradezco.
Bebo y leo. Leo y me acuerdo. Me acuerdo de ti mientras leo. Suena el celular y eres tú. Tú. Y miro la pantalla, la contemplo unos minutos; involuntariamente sonrío. Me doy cuenta de esto: me aterra; pero te contesto. Siempre te contestaría; pero estoy sola y lo disfruto tanto como tú. Sigo leyendo y sonrío a un hombre de la mesa de al lado. Pienso: no estás, no estamos y no me importa. Estoy sola y, de algún modo, me gusta...
miércoles, 27 de marzo de 2013
Recordis
Venía en el camión, leyendo La tregua de Mario Benedetti y me topé con algo que, al igual que Martín Santomé, me sorprendió como un porrazo:
"Querido mío: hace tres semanas que llegué. Tradúcelo: tres semanas que duermo sola. ¿No te parece terrible? Tú sabes que a veces me despierto de noche y tengo absoluta necesidad de tocarte, de sentirte a mi lado. No sé qué tienes de reconfortante, pero el saberte junto a mí hace que en el semisueño me sienta bajo tu protección. Ahora tengo horribles pesadillas, pero mis pesadillas no tienen monstruos. Sólo consisten en soñar que estoy sola en la cama, sin ti. Y cuando me despierto y ahuyento la pesadilla, resulta que efectivamente estoy sola en la cama, sin ti. La única diferencia es que en el sueño no puedo llorar y, en cambio, cuando me despierto, lloro. ¿Por qué me pasa esto? Sé que estás en Montevideo, sé que te cuidas, sé que piensas en mí. ¿Verdad que piensas? Esteban y la nena están bien, aunque sabes que tía Zulma los mima demasiado. Apróntate a que, a nuestro regreso, la nena no nos deje dormir por unas cuantas noches. Por Dios, ¿cuándo vendrán esas noches? Tengo una noticia, ¿sabes? Estoy otra vez embarazada. Es horrible decírtelo y que no me beses. ¿O para ti no es tan horrible? Será varón y le pondremos Jaime. Me gustan los nombres con jota. No sé por qué, pero esta vez tengo un poco de miedo. ¿Y si me muero? Contéstame pronto diciéndome que no, que no voy a morirme. ¿Pensaste ya qué harías si yo me muero? Tú eres animoso, sabrías defenderte; además, encontrarías en seguida otra mujer, ya estoy espantosamente celosa de ella. ¿Viste qué neurasténica estoy? Es que me hace mucho mal no tenerte aquí o que no me tengas allí, es lo mismo. No te rías; siempre te ríes de todo, aun cuando no se trate de nada gracioso. No te rías, no seas malo. Escríbeme diciendo que no voy a morirme. Ni siquiera como alma en pena podría dejar de extrañarte. Ah, antes que me olvide: háblale por teléfono a Maruja para hacerle acordar de que el 22 de septiembre es el cumpleaños de Dora. Que la salude por mí y por ella. ¿La casa está muy sucia? ¿Fue a limpiar la muchacha que me recomendó Celia? Cuidado con mirarla demasiado, ¿eh? Tía Zulma está feliz de tener aquí a los nenes. Y tío Eduardo no te digo nada... Los dos me hacen grandes cuentos de ti, cuando tenías diez años y venías a pasar aquí tus vacaciones. Parece que te hiciste famoso con tus respuestas para todo. Un muchacho bárbaro, dice tío Eduardo. Yo creo que sigues siendo un muchacho bárbaro, aún cuando llegas cansado de la oficina y tienes en los ojos un poco de resentimiento, y me tratas con ligereza, a veces con rabia. Pero de noche lo pasamos bien, ¿no es cierto? Hace tres días que está lloviendo. Yo me siento junto al balcón de la sala y miro la calle. Pero por la calle no pasa ni un alma. Cuando los nenes están durmiendo, voy al escritorio de tío Eduardo y me entretengo con el Diccionario Hispanoamericano. ¿Será niño o niña? Si fuera niña, puedes elegir el nombre, siempre y cuando no sea Leonor. Pero no. Va a ser varón y se llamará Jaime, y tendrá una cara larga como la tuya y será muy feo y tendrá éxito con las mujeres. Mira, me gustan los hijos, los quiero mucho, pero lo que más me gusta es que sean hijos tuyos. Ahora llueve frenéticamente sobre los adoquines. Voy a hacer el solitario de los cincos montones, el que me enseñó Dora, ¿te acuerdas? Si me sale, es que no voy a morir de parto. Te quiere, te quiere, te quiere, tu Isabel.
P.D.: ¡Salió el solitario! ¡Hurra!
(...) Es más que seguro que si ahora apareciese Isabel, la misma Isabel de 1935 que escribió su carta desde Tacuarembó, una Isabel de pelo negro, de ojos buscadores, de caderas tangibles, de piernas perfectas, es más que seguro que yo diría: 'Qué lástima' y me iría a buscar a Avellaneda".
Leer esa carta, me hizo recordar cómo te escribía y a veces no me entendías o confundías el sentido de lo escrito. Sentía de algún modo que eso te lo habría escrito yo. Qué tiempos aquellos cuando planeamos nuestro futuro: el nombre de nuestros hijos, administrar los tiempos con la carrera, pensar en todas las posibilidades, nuestros reencuentros y un largo etcétera que se deshizo y no se cumplió. Lo más terrible es que, a diferencia de Santomé, si aparecieras como el tú de antes, seguro me enamoraría de nuevo de ti... lo que me abrumo fue: y tu tú de ahora ¿también? No me respondí porque podría responder que sí (y a eso le temo).
[Recordar: del latín 'recordis'. Volver a pasar por el corazón.]
"Querido mío: hace tres semanas que llegué. Tradúcelo: tres semanas que duermo sola. ¿No te parece terrible? Tú sabes que a veces me despierto de noche y tengo absoluta necesidad de tocarte, de sentirte a mi lado. No sé qué tienes de reconfortante, pero el saberte junto a mí hace que en el semisueño me sienta bajo tu protección. Ahora tengo horribles pesadillas, pero mis pesadillas no tienen monstruos. Sólo consisten en soñar que estoy sola en la cama, sin ti. Y cuando me despierto y ahuyento la pesadilla, resulta que efectivamente estoy sola en la cama, sin ti. La única diferencia es que en el sueño no puedo llorar y, en cambio, cuando me despierto, lloro. ¿Por qué me pasa esto? Sé que estás en Montevideo, sé que te cuidas, sé que piensas en mí. ¿Verdad que piensas? Esteban y la nena están bien, aunque sabes que tía Zulma los mima demasiado. Apróntate a que, a nuestro regreso, la nena no nos deje dormir por unas cuantas noches. Por Dios, ¿cuándo vendrán esas noches? Tengo una noticia, ¿sabes? Estoy otra vez embarazada. Es horrible decírtelo y que no me beses. ¿O para ti no es tan horrible? Será varón y le pondremos Jaime. Me gustan los nombres con jota. No sé por qué, pero esta vez tengo un poco de miedo. ¿Y si me muero? Contéstame pronto diciéndome que no, que no voy a morirme. ¿Pensaste ya qué harías si yo me muero? Tú eres animoso, sabrías defenderte; además, encontrarías en seguida otra mujer, ya estoy espantosamente celosa de ella. ¿Viste qué neurasténica estoy? Es que me hace mucho mal no tenerte aquí o que no me tengas allí, es lo mismo. No te rías; siempre te ríes de todo, aun cuando no se trate de nada gracioso. No te rías, no seas malo. Escríbeme diciendo que no voy a morirme. Ni siquiera como alma en pena podría dejar de extrañarte. Ah, antes que me olvide: háblale por teléfono a Maruja para hacerle acordar de que el 22 de septiembre es el cumpleaños de Dora. Que la salude por mí y por ella. ¿La casa está muy sucia? ¿Fue a limpiar la muchacha que me recomendó Celia? Cuidado con mirarla demasiado, ¿eh? Tía Zulma está feliz de tener aquí a los nenes. Y tío Eduardo no te digo nada... Los dos me hacen grandes cuentos de ti, cuando tenías diez años y venías a pasar aquí tus vacaciones. Parece que te hiciste famoso con tus respuestas para todo. Un muchacho bárbaro, dice tío Eduardo. Yo creo que sigues siendo un muchacho bárbaro, aún cuando llegas cansado de la oficina y tienes en los ojos un poco de resentimiento, y me tratas con ligereza, a veces con rabia. Pero de noche lo pasamos bien, ¿no es cierto? Hace tres días que está lloviendo. Yo me siento junto al balcón de la sala y miro la calle. Pero por la calle no pasa ni un alma. Cuando los nenes están durmiendo, voy al escritorio de tío Eduardo y me entretengo con el Diccionario Hispanoamericano. ¿Será niño o niña? Si fuera niña, puedes elegir el nombre, siempre y cuando no sea Leonor. Pero no. Va a ser varón y se llamará Jaime, y tendrá una cara larga como la tuya y será muy feo y tendrá éxito con las mujeres. Mira, me gustan los hijos, los quiero mucho, pero lo que más me gusta es que sean hijos tuyos. Ahora llueve frenéticamente sobre los adoquines. Voy a hacer el solitario de los cincos montones, el que me enseñó Dora, ¿te acuerdas? Si me sale, es que no voy a morir de parto. Te quiere, te quiere, te quiere, tu Isabel.
P.D.: ¡Salió el solitario! ¡Hurra!
(...) Es más que seguro que si ahora apareciese Isabel, la misma Isabel de 1935 que escribió su carta desde Tacuarembó, una Isabel de pelo negro, de ojos buscadores, de caderas tangibles, de piernas perfectas, es más que seguro que yo diría: 'Qué lástima' y me iría a buscar a Avellaneda".
Leer esa carta, me hizo recordar cómo te escribía y a veces no me entendías o confundías el sentido de lo escrito. Sentía de algún modo que eso te lo habría escrito yo. Qué tiempos aquellos cuando planeamos nuestro futuro: el nombre de nuestros hijos, administrar los tiempos con la carrera, pensar en todas las posibilidades, nuestros reencuentros y un largo etcétera que se deshizo y no se cumplió. Lo más terrible es que, a diferencia de Santomé, si aparecieras como el tú de antes, seguro me enamoraría de nuevo de ti... lo que me abrumo fue: y tu tú de ahora ¿también? No me respondí porque podría responder que sí (y a eso le temo).
[Recordar: del latín 'recordis'. Volver a pasar por el corazón.]
martes, 26 de marzo de 2013
Cambio
Me miro en el cristal del metro y me veo diferente, luzco diferente.
No sé qué ha cambiado; de menos me doy cuenta que tengo el cabello largo, unas ojeras marcadas y mis cachetes han bajado; pero por dentro hay algo más… lo sospecho.
No sé qué ha cambiado; de menos me doy cuenta que tengo el cabello largo, unas ojeras marcadas y mis cachetes han bajado; pero por dentro hay algo más… lo sospecho.
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